Bienal de Arte 2018

Presentación del jurado

Mujer disruptiva, rural urbana i penurias pecuniaria

Si normalmente es bastante difícil juzgarse a uno mismo, no menos fácil es emitir juicios sobre lo que hacen los demás, a pesar que Freud, Lacan o Benjamín estarían encantados de profundizar. Y en los tiempos líquidos y amarillentos -en las dos excepciones de la palabra– en los que vivimos, escribir para contextualizar los escogidos, aún resulta más complejo. Así, el juicio colectivo -y digo juicio porque es una palabra suficientemente gruesa- a que hemos sometido a más de unas sesenta propuestas llegadas a la Biennal, la mitad con trabajos donde la hibridación de campos acontece leitmotiv, siempre está llena de infinitas subjetividades, de matices, de aciertos y descendientes.

Esta selección, que ahora se exhibe territorialmente y con igualdad de género equilibrada, no ha estado forzada sino sutilmente encontrada y consensuada. Y todo y que parezca una obviedad, no en todos los jurados así se puede decir, a pesar que es la tónica general. Un compendio de micro decisiones donde se intuye el pulso de una sociedad donde la gobernanza, ni que sea latente, pone el acento en la mujer. Otra o una nueva mirada que no diríamos ni mejor ni peor, sino diferente y a veces disruptiva. Como la tensión y mixtura entre “la rural” y “la urbanita”.

Con todo, es nuestra selección pero ni es la única posible, ni es la única que merece posibilidad de existir fuera de un jurado lleno de sus filias y fobias. Una selección que marca una manera de hacer determinada. Quizá una frase que nos definiría bastante bien es “Nulla aesthetica sine ethica”; aquella mítica máxima que el filósofo, lingüista y santcugatenc José Maria Valverde, uno de los sabios éticos de nuestra casa, lanzó a un régimen franquista caduco que no dejaba hacer brotar la libertad de expresión. Una libertad de expresión que en nuestra casa juega como un malabarista o un funambulista hacia un precipicio.

Pero volvamos. Una línea discursiva global de participación a la Biennal que, reiteramos, pone luz a toda una nueva generación de creadores nacidos a finales de los años ochenta y principios de los noventa, que aportan frescores dentro de los cánones de las vanguardias, reinventando y visualizando los contextos de proximidad o, simplemente, poniendo de relieve como muchos de los autores se han de exiliar a otros países porqué quieren y pueden viajar con comodidad para nutrirse de nuevas realidades o, simplemente, por el fracaso de nuestro sistema de inserción laboral que desaprovecha el talento.

Y es que quizá hace falta mejorar la base que tendría que acoger, mimar y respectar las Artes y, como no, todo eso empieza fundamentalmente desde la base: la educación -empezando por las familias y todas sus variantes-, que quiere decir la sensibilidad hacia las artes y las humanidades, lo único que salvara el “sapiens” de la aniquilación como especie.

Per tanto, dentro de este acto de sensibilización que quiere decir apostar por la cultura, que etimológicamente quiere decir cultivar, hemos de hablar del valor social de la cultura como motor, de repente, de cohesión y de vertebración del territorio y de sus gentes y sus paisajes, ya sean urbanos o rurales. La cultura, mal llamada “alta cultura” o mal llamada “cultura popular” -aquellas cosas de la imperfección del lenguaje-, no ha renunciado nunca a la transformación de la sociedad o, como mínimo, a ponerle paz y poesía.

Aún no conocemos ninguna obra de arte que haya matado a nadie, porqué es la suma mágica de voluntad, conocimiento y lírica en una conjunción sideral. Quizá el que matará a las Artes será la falta de oxígeno crematístico, sin leyes de mecenazgo y con políticos de vuelo gallináceo que no saben que la cultura, que es el espejo donde nos miramos para saber que somos, no puede sobrevivir sin equipararse con los estándares europeos.

Quizá es que tantos años de dictadura aún no hacen que seamos una democracia suficientemente madura para entender algunas prioridades. Por tanto, los esfuerzos de Canals Galeria d’Art y del ayuntamiento de Sant Cugat son loables. Y es que la melancolía nos abraza cuando constatamos un único presidente de la Generalitat con el que llegamos al 2% de presupuesto en Cultura. Él lo tuvo claro y el turismo aún vive de aquellos réditos. A él, la poesía le venía inoculada en las venas y lo tuvo claro: la cultura y las artes como razón social para entender las sociedades y hacerlas crecer. No son esfuerzos a fondo perdidos de cuatro iluminados sino la iluminación que hace transformarlo todo, desde el micro al macro, para conseguir las armonías que seducen a escuchar, una vez y otra, la música que nos hace vivir para pensar en libertad.

El Jurado

 


 

Jurado de la XXI Biennal de arte contemporáneo catalán

  • Manuel Aramendía, Vicedegà de Cultura de la Facultat de Belles Arts de Barcelona
  • Josep Canals, galerista y director de la Biennal
  • Aida Marin, historiadora de arte y comisaria de exposiciones de Reus
  • Albert Mercadé, director de la Fundació Arranz-Bravo de L’Hospitalet de Llobregat
  • Ricard Planas, director de Bonart de Girona
  • Jesús Vilamajó, director de l’Embarrat de Tàrrega

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